Profesor Aldric Vukov
Una vida entre el cielo y los libros
Nació en 1962 en un pueblo cuyo nombre cambió tres veces durante su infancia, según qué bandera ondeara sobre el ayuntamiento. Lo que hoy es Bosnia y Herzegovina entonces era Yugoslavia, y lo que era Yugoslavia había sido antes muchas otras cosas. Aldric creció entendiendo, sin necesidad de que nadie se lo explicara, que las fronteras son convenciones y que los nombres de los dioses también.
Su abuela, Milica, recorría los Balcanes con una caravana de feriantes. No era gitana —eso lo aclaraba siempre, no por prejuicio sino por precisión— sino una mujer serbia que había aprendido a leer el cielo de una vecina musulmana en los años treinta, cuando esas distinciones todavía no mataban a nadie. No echaba la suerte. No tiraba naipes. Llevaba consigo unas efemérides traducidas del alemán, un compás, un mapa del cielo dibujado a mano sobre lino, y un cuaderno donde anotaba los aspectos planetarios con la letra menuda de quien sabe que cada palabra cuesta. Trabajaba en ferias de pueblo entre Sarajevo y Belgrado, trazando cartas natales sobre una mesa cubierta con un mantel azul, cobrando lo justo para comer y guardar algo para el invierno.
Aldric pasó con ella los veranos de su infancia, desde los siete años hasta los catorce. Aprendió antes los nombres de los planetas que los de los presidentes. Su abuela le enseñó dos cosas que no olvidaría: que el cielo es el libro más antiguo que existe, y que quien lo lee tiene la obligación de no mentir. Le repetía también, con cierto orgullo seco, que ellos no adivinaban nada: que adivinar era de tramposos, y que lo suyo era leer un orden que ya estaba escrito.
A los diecisiete entró a estudiar Filosofía en Belgrado. La astrología quedó atrás, deliberadamente. Le parecía, en aquellos años, indigna de una mente seria. Quería leer a Spinoza, a Marco Aurelio, a Plotino. Quería entender qué hacía un alma dentro de un cuerpo y por qué los hombres seguían matándose por dioses que ninguno había visto.
La guerra lo encontró en 1992. No hablará nunca de lo que vio. Lo único que dice, cuando se lo preguntan, es que perdió a casi todos y que su abuela ya había muerto, lo cual fue una suerte. Salió de los Balcanes con una maleta, un manuscrito a medio terminar sobre el estoicismo tardío, y la dirección de un profesor español que había conocido en un congreso años antes.
Don Ignacio lo acogió en Salamanca. Allí Aldric retomó el manuscrito y lo convirtió en una tesis doctoral sobre Marco Aurelio y el hegemonikón —la parte del alma que, según los estoicos, gobierna y decide—. La escribió entera. Nunca llegó a defenderla. Cuando le preguntan por qué, responde que ya había entendido lo que necesitaba entender, y que un tribunal no iba a añadir nada a eso.
Durante años enseñó como profesor invitado, vivió de la filosofía y guardó silencio sobre el cielo. Hasta que, pasados los cincuenta, volvió a abrir las efemérides de su abuela. No por nostalgia, sino porque había llegado a la misma conclusión por dos caminos distintos: que el carácter es destino, y que el cielo del día en que uno nace es el mapa más honesto que existe de ese carácter.
Hoy vive recluido en un pueblo de la costa norte de España, entre la niebla y la piedra. No tiene redes sociales. No da conferencias. Traza cartas natales para quien se lo pide, con el mismo cuidado con que su abuela las dibujaba sobre el mantel azul, y con la única promesa que ella le exigió: no mentir.